SEMINARIO DE FORMACIÓN PERMANENTE “EL SÍNTOMA EN LA CLÍNICA FREUDIANA LEÍDO POR LACAN”
CLASE 2: Estructura e historia.
Comentario a cargo de Gabriela Maidana*
El caso del Hombre de las ratas es reinterpretado por Freud con las elaboraciones que en 1926 publica en “Inhibición, síntoma y angustia” para ello se servirá de conceptos que fue desarrollando en su enseñanza.
Freud en 1909 cuando escribe “Notas sobre un caso de neurosis obsesiva” la describe como una neurosis plena y avanzada.
Los síntomas obsesivos se explican principalmente a partir de conflictos entre deseos inconscientes reprimidos, en particular sentimientos simultáneos de amor-odio hacia la persona del padre y hacia la persona amada. A esta coexistencia de afectos Freud la denomina ambivalencia afectiva que tiene sus raíces en la ambivalencia afectiva infantil. Freud sostiene que el niño ama intensamente a su padre, pero al mismo tiempo alberga hacia él deseos hostiles inconscientes. Estos sentimientos hostiles resultan incompatibles a su deseo filial y a las exigencias morales que progresivamente se constituyen en el sujeto. Como consecuencia dichos deseos son reprimidos. Los deseos reprimidos continúan actuando desde el inconsciente y retornan de manera disfrazada bajo la forma de síntomas.
En este momento de sus elaboraciones Freud cuenta fundamentalmente con el concepto de represión del representante psíquico por ser inconciliable con las tendencias morales o afectivas opuestas. Sin embargo, la represión fracasa parcialmente, y lo reprimido retorna en forma disfrazada a la consciencia bajo la forma de síntoma obsesivos, pensamientos obsesivos, rituales y prohibiciones autoimpuestas. Estos síntomas se constituyen como formaciones de compromiso entre las fuerzas represoras y lo reprimido, cumple con la función de mantener a raya los deseos inconciliables, de proteger al sujeto del conflicto psíquico que estos generan y simultáneamente evitar el surgimiento de angustia; se produce cuando parte de la libido queda desligada de la representación.
En el “hombre de las ratas”, Freud localiza este conflicto cuando el paciente imagina que una desgracia terrible podría sucederle a su padre o a su amada. Estos pensamientos despiertan una intensa angustia que Freud interpreta como ligada al retorno disfrazado de sus deseos inconscientes incompatibles con la consciencia. La angustia y la culpa son el testimonio de la persistencia del conflicto entre el amor consciente y la hostilidad reprimida.
Lo que Freud busca subrayar es la importancia decisiva del factor infantil en la causación de la neurosis. Los conflictos pulsionales que se presentan en la infancia movilizan tempranamente mecanismos de defensa destinados a tramitar deseos y afectos incompatibles para el sujeto. Sin embargo, estos conflictos no desaparecen por efecto de la represión primaria; por el contrario, dejan huellas duraderas bajo la forma de fijaciones libidinales que permanecen activas en el inconsciente.
Más tarde en determinadas circunstancias de la vida adulta, estas fijaciones pueden reactivarse y proporcionar el punto de apoyo para la formación de los síntomas neuróticos. El factor infantil constituye así el fundamento de la neurosis, ya que permite comprender que el síntoma no surge de manera azarosa y accidental, sino que posee una historia. El síntoma constituye una reedición deformada y sustitutiva de los conflictos infantiles reprimidos que continúan ejerciendo sus efectos en la vida psíquica del sujeto.
El síntoma de la obsesión nos dice Miller en el texto H2O” (1) se distingue por la evidencia fenoménica del rasgo que en alemán se llama Zwang que significa coacción, forzamiento, compulsión, que se manifiestan en el pensamiento y en los actos del sujeto” se trata de una modalidad de funcionamiento de la represión característico de la neurosis obsesiva.
En el caso del Hombre de las ratas observamos que el sujeto apela a rituales mentales y conductas compulsiva para neutralizar sus pensamientos que le resultan insoportables. La intensa culpa que experimenta, difusa y aparentemente inmotivada, así como el temor persistente de que algo terrible pueda sucederle a su padre o a la mujer amada encubren la emergencia de deseos hostiles inconscientes incompatibles con la conciencia moral.
Para defenderse de estos deseos el sujeto se impone prohibiciones, ceremoniales y conductas compulsivas que a lo largo de su vida fueron propiciando la disminución temporal de la angustia en tanto estas conductas fueron incorporándose a su personalidad. Sin embargo, lejos de resolver el conflicto terminan organizando una economía psíquica cada vez más rígida, hasta que en determinado momento de la vida adulta sobreviene una crisis de angustia que precipita la consulta con Freud. (el famoso relato del suplicio de las ratas penetrando en el cuerpo de la víctima, a partir de ahí lo invade una intensa angustia y la idea obsesiva de que dicho castigo puede recaer sobre dos personas que ama profundamente) alrededor de este núcleo se organizan sus fantasías asociadas a la idea mortificante de que si no realiza ciertos actos o rituales ocurriría dicha catástrofe.
Freud destaca que si bien esta idea domina sus fantasías no constituyen la situación traumática en sí. Su importancia radica en que reactiva y pone en movimiento conflictos inconscientes preexistentes.
El relato del suplicio entonces encuentra un terreno ya preparado por la historia infantil del sujeto, sus fijaciones libidinales, sus sentimientos ambivalentes hacia el padre y la intensa culpa inconsciente que lo habita.
A esto se añade otra cuestión fundamental, una deuda económica vinculada al extravío de sus lentes en la misma jornada que le relatan el episodio de las ratas. El paciente queda atrapado en una serie de dudas, obligaciones y razonamientos compulsivos relacionados con el pago de la deuda. Freud advierte que estas conductas defensivas se enlazan asociativamente con la historia de su padre, quien antes de contraer matrimonio había tenido problemas económicos y deudas que marcaron su matrimonio.
En el transcurso del análisis Freud reconstruye una compleja red de asociaciones en las que se articulan representaciones tales como: dinero, deuda, padre, matrimonio, amor, castigo y ratas, trama que permite poner de manifiesto los núcleos fundamentales del caso: la ambivalencia afectiva, la culpa inconsciente, el conflicto en torno a la elección amorosa respecto de la mujer y la necesidad inconsciente de castigo que caracteriza a la neurosis obsesiva.
Este es el núcleo de la neurosis para Freud, no la fantasía de las ratas en sí misma sino el conflicto inconsciente que dicha fantasía viene a expresar. El punto central es la intensa ambivalencia afectiva sobre todo respecto a la figura paterna. Junto al amor y la admiración hacia el padre subsisten poderosos sentimientos hostiles reprimidos. Freud reconoce en estos deseos hostiles la expresión de una rivalidad vinculada a la vida amorosa y sexual del sujeto, así como una querella contra la voluntad paterna, especialmente en lo concerniente a la elección de objeto amoroso y al mandato familiar respeto del matrimonio.
El caso releído por Freud a la luz de sus elaboraciones posteriores lo llevan a plantear modificaciones sustanciales sobre todo respecto de la angustia.
Para llegar al escrito “Inhibición síntoma y angustia “de 1926 debemos tomar como antecedentes lo que plantea en “Más allá del principio del placer” de 1920 sobre la pulsión de muerte y su relación con la compulsión a la repetición, para entender lo que Freud ubicará respecto del síntoma como retorno de la pulsión.
Otro texto esencial para avanzar hacia los planteos que hace en “Inhibición, síntoma y angustia” es el que introduce con la publicación del “Yo y el Ello” en 1923, texto que marca un giro decisivo en su enseñanza: en este tiempo elabora su 2° tópica del aparato psíquico, Yo, ello, superyó, muestra que el yo no es una instancia psíquica independiente, por el contrario nos plantea que el yo se desarrolla a partir del ello es decir, lo pulsional, y cuando surgen contradicciones entre ambos el yo siempre se debilita, lo que demuestra su dependencia de las exigencias pulsionales del ello. Lo mismo sucede en la relación superyó-yo, cuando hay un conflicto entre ambos el yo es una instancia relativamente débil que está constantemente amenazada por el superyó. El yo entonces se encuentra sometido a una triple dependencia: de las exigencias pulsionales, de los imperativos y reproches del superyó y de las demandas del mundo exterior. Esta concepción de un Yo relativamente débil y permanentemente amenazado resulta fundamental para comprender los desarrollos posteriores en “Inhibición, síntoma y angustia”.
Especialmente en el capítulo 5 Freud se interesa por la formación de los síntomas y las defensas secundarias del yo desplegadas frente a las exigencias pulsionales. Allí reformula el estatuto de la angustia. Mientras en sus primeras elaboraciones la angustia era concebida fundamentalmente como una consecuencia de la represión, ahora pasa a ser entendida como una señal en el yo, frente a una situación de peligro; adquiere una función protectora que advierte al yo de un peligro y pone en marcha los mecanismos defensivos para evitarla. De esta manera la represión pasa a ser una de las respuestas que el yo organiza a partir de la señal de angustia.
En la neurosis obsesiva el peligro está ligado a las exigencias pulsionales del ello y a las consecuencias que su satisfacción tendría para el yo, especialmente bajo la amenaza del superyó y la pérdida de amor. Estas nuevas elaboraciones abren la puerta para la reformulación del “Hombre de las ratas”.
Un pasaje fundamental para ilustrar este cambio teórico es la escena relatada por Ernest Lanzer en la que muchos años después de la muerte de su padre, se sorprende abriendo la puerta a medianoche como si lo estuviera esperando, y luego se contempla al espejo experimentando una erección. Freud volverá sobre esta escena para mostrar que los conflictos infantiles conservan toda su eficacia en la vida psíquica adulta.
Esta escena pone de manifiesto la persistencia de los deseos edípicos y de la ambivalencia afectiva hacia la figura paterna. La excitación sexual que se manifiesta en la erección testimonia la reactivación de deseos inconscientes ligados a la sexualidad infantil. Sin embargo, junto a esta reactivación aparece la figura del padre como instancia de prohibición y límite respecto de esas aspiraciones.
En este contexto el peligro fundamental es el de la castración. Durante el Complejo de Edipo, el niño se enfrenta a la incompatibilidad entre sus deseos amorosos y sexuales y la prohibición encarnada por la función paterna. La angustia de castración surge como respuesta a esos peligros anticipados por el yo.
Por tal motivo, Freud destaca que la castración ocupa un lugar central en la constitución del sujeto neurótico, en tanto introduce una renuncia estructurante respecto de los deseos edípicos, entonces la angustia de castración se convierte en una referencia fundamental para comprender la formación de los síntomas y las defensas, aunque su modo de presentación difiere según se trate del niño o la niña.
Este escenario deja ver claramente que los deseos hostiles y amorosos dirigidos al padre no desaparecen, sino que permanecen reprimidos y retornan bajo formas indirectas: sentimientos de culpa, escrúpulos morales excesivos, dudas interminables y síntomas obsesivos. Por eso, la castración es traumática más allá de la novela del neurótico, porque se constituye en la amenaza paterna, que obliga a renunciar a ciertos deseos edípicos. De ese encuentro con la castración surge la angustia de castración (que como sabemos se desarrolla de modo diferentes para el niño que para la niña).
Los síntomas obsesivos se constituyen como formaciones de compromiso en las que articulan simultáneamente la defensa y una modalidad sustitutiva de satisfacción pulsional. El yo mantiene una lucha constante contra esas exigencias pulsionales porque le resultan peligrosas y pone en marcha la represión; sin embargo, esta defensa nunca resulta completamente eficaz. Lo reprimido insiste y retorna, obligando al yo a desplegar nuevos recursos para mantener el control de dicho conflicto.
Por eso el síntoma no es únicamente el resultado de la represión, sino también una forma paradójica de satisfacción. Lo que quiere decir que la pulsión logra encontrar vías indirectas para expresarse mediante desplazamientos, sustituciones, falsos enlaces que le permiten eludir las defensas.
En el caso, por ejemplo, se presenta conscientemente bajo la forma de prohibiciones autoimpuestas, verificaciones, ceremoniales y razonamientos interminables en el complejo circuito que el paciente construye alrededor del pago de la deuda por los anteojos a la empleada del correo postal.
Freud destaca que estos fenómenos revelan también la presión ejercida por el superyó extremadamente severo, se constituye como un peligro interno para el yo. Entonces podemos definir el síntoma obsesivo a esta altura de los desarrollos freudianos como un funcionamiento que simultáneamente se presenta como defensa frente a la pulsión y como respuesta a las exigencias del superyó por lo tanto se trata de una satisfacción sustitutiva de aquello que permanece reprimido.
Así mismo observa Freud que muchos síntomas obsesivos presentan una estructura en dos tiempos; al acto que ejecuta el mandamiento de represión ligado a la defensa o a la prohibición le sigue un segundo acto destinado a suprimir o deshacer el acto anterior. Lo llama anulación retroactiva, un ejemplo claro lo vemos, cuando el paciente de Freud encuentra una piedra en el camino por donde iba a pasar el carruaje de su amada, decide sacar la piedra porque piensa que podía provocarle un accidente y él quería protegerla. Poco después le invade la duda y la angustia. Regresa y vuelve a colocar la piedra donde estaba, para finalmente volver a cuestionar su acción. Actos obsesivos que permiten verificar la lucha entre una corriente amorosa que busca proteger a la mujer y una corriente hostil inconsciente que da cuenta de que le desea el daño.
Otro mecanismo obsesivo es el aislamiento cuando se produce una desconexión entre la idea y el afecto. Es decir, el pensamiento se conserva, pero se aísla el afecto. En efecto, Freud nos muestra como su paciente expresa un amor intenso hacia el padre, mientras que sus deseos hostiles aparecen indirectamente como las agresiones hacia el padre, lo que indica que la hostilidad no se integra conscientemente al vínculo afectivo, más bien queda separada o retorna por otras vías como ser la agresividad.
La desintrincación pulsional, ocurre cuando se separan las pulsiones de vida de las pulsiones de destrucción, que generalmente actúan mezcladas. Al romperse parcialmente esa mezcla, el componente destructivo queda más libre.
Entonces la agresividad aparece relativamente desvinculada de los vínculos amorosos y emergen como necesidad de castigo, temores obsesivos, fantasías de castigo a su padre y a la mujer amada. También al analista en la escena en que quería expresarle sus condolencias a Freud por la muerte de su madre, sin embargo, cuando va a redactar el mensaje se sorprende porque le viene la fórmula contraria: “felicitaciones, en lugar de pésame”.
La agresividad no solo se dirige a los objetos amados, sino que también vuelve contra el propio sujeto (someterse una dieta estricta y rigurosa que fundamentalmente tiene el valor de una mortificación), hay varios episodios de sufrimientos autoimpuestos o sometimientos a exigencias imposibles en el caso.
Otra cuestión que Freud trabaja en este texto se refiere a la relación entre fijación pulsional y regresión genital del aparato psíquico, ambas se dan juntas. La fijación se refiere a la libido que queda ligada a modos de satisfacción infantil. La existencia de tales fijaciones constituye una predisposición necesaria para la formación de la neurosis a la vez, propician la regresión de la organización sexual infantil de la fase fálica a la fase sádico-anal.
En ese proceso defensivo que produce el yo contra las exigencias libidinales del Complejo de Edipo, Freud señala una particular fragilidad de la organización genital entonces se produce la regresión de la libido total o parcial desde la organización fálica hacia la organización sádico anal. Esta regresión reactiva modalidades infantiles de relación con el deseo, con el amor, la agresión y la culpa.
Adquieren relevancia las reiteradas asociaciones que, en el caso, se establecen en relación con el dinero, la deuda, la obligación, el pago que se presentan excesivamente profundizadas: Freud relaciona esto con rasgos característicos de la organización sádico- anal tales como la retención, el control, el intercambio y la escrupulosidad. Del mismo modo la fantasía del castigo con las ratas integra componentes sádicos muy intensos.
La regresión sádico-anal tiene consecuencias decisivas en la economía psíquica del sujeto, por eso Freud señala que la agresividad adquiere un lugar central y mayor autonomía en la neurosis obsesiva. Esta impregna todos sus lazos amorosos, también se presenta como culpa y necesidad de castigo. La problemática de la deuda expresa simultáneamente una obligación, una culpa y una exigencia de reparación. Es decir, que la agresividad es captada por el superyó, que se presenta con mucha severidad convirtiéndose en una fuente de constante sufrimiento para el yo.
La regresión también da lugar a rasgos relativamente estables que son incorporados al yo como funcionamientos habituales a los que Freud denomina rasgos del carácter obsesivo, entre ellos podemos citar: el orden severo, la escrupulosidad, la obstinación, la tendencia al control, avaricia, la indecisión y la duda. Mientras que la aparición de la angustia como señal da cuenta de la persistencia del conflicto psíquico entre deseo y defensa, por eso el síntoma suele vivirse como algo extraño al yo porque le genera sufrimiento.
Citas:
(1) Jacques Alain Miller. (1988). MATEMAS II: H2O. pág 139. Buenos Aires. Ed Manantial.
*Integrante del CID Santiago del Estero-IOM3
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