Reseña
La docente abre la clase a partir de su título, “Estructura e historia” y subraya la actualidad de los historiales freudianos, cuya riqueza clínica y teórica continúa produciendo efectos. Recuerda que Lacan insistió en este punto y que dicha insistencia constituye el fundamento que orienta el trabajo del seminario.
Tres puntos orientan el título: el historial, a saber, “el hombre de las ratas”, la escucha y dónde se coloca el acento a la hora de escuchar. Retomando el concepto de constelación familiar trabajado en la clase anterior, la docente la define como la constelación original que presidió el nacimiento del sujeto y marcó su historia. Señala que esta mantiene una relación precisa tanto con lo más contingente como con lo más fantasmático. A partir de ello, propone pensar de qué manera la trama edípica incide en la formación de los síntomas, sin perder de vista el papel de la contingencia y los efectos que esta también produce en su constitución.
A partir del texto de Jacques-Alain Miller, “Estructura, desarrollo e historia”, la docente plantea la necesidad de dar lugar al niño y de no reducir la lectura analítica a una perspectiva exclusivamente estructural. Señala que la oposición entre desarrollo e historia no implica desconocer los procesos de maduración del organismo, sino subrayar que en ellos siempre está implicado un sujeto. La historia no remite únicamente a los acontecimientos vividos, sino al modo en que estos son subjetivados. En este sentido, importa menos el hecho en sí que el sentido que adquiere para quien lo vive y el relato que construye a partir de él. Respecto de la estructura, aclara que no se trata de un estructuralismo puro, sino de una noción estrechamente ligada al Edipo. Los distintos elementos no se ordenan de manera inmediata, sino que van encontrando su lugar progresivamente, en función de las significaciones que se constituyen a lo largo del tiempo. Por ello, advierte sobre el riesgo de que una lectura excesivamente estructuralista termine por dejar de lado al niño y la dimensión temporal propia de su constitución subjetiva. Insiste así en que el tiempo es un factor fundamental, ya que no es lo mismo abordar la posición de un niño que la de un adulto.
En relación con el historial del Hombre de las Ratas, la docente destaca el papel fundamental de la sexualidad infantil. Retoma una referencia de Freud en su correspondencia con Fliess para señalar que, en un primer momento, se produce una irrupción pulsional en el cuerpo que carece de significación. Solo de manera retroactiva aquello adquiere un sentido. En esta perspectiva, el Edipo constituye una de las vías posibles para conferir significación a lo que inicialmente se presenta como irrupción. Para ello, resulta necesaria la intervención del Otro, que posibilita cierta organización de esa experiencia. Lo pulsional aparece, entonces, como algo que llega a destiempo respecto de su significación; sin embargo, la elaboración posterior permite al sujeto hacer algo con aquello que se presentó inicialmente.
En el Seminario 5, Lacan presenta los tres tiempos del Edipo y la metáfora paterna. Se trata de tiempos lógicos y, al referirse a ellos, remite a cuestiones de estructura. Sin embargo, también hace falta tiempo para observar cómo estos elementos se subjetivan. La metáfora paterna se sitúa en el inconsciente; hay un significante que funda al sujeto. Más adelante, en el Seminario 16, afirma lo siguiente: “Su resorte único está siempre, por supuesto, en la manera en que se presentaron los deseos en el padre y en la madre, es decir, en que ellos han efectivamente ofrecido al sujeto el saber, el goce y el objeto a. Consiguientemente, esto debe incitarnos no solo a explorar la historia del sujeto, sino el modo de presencia con el que se le ofreció cada uno de los tres términos. Allí reside lo que llamamos impropiamente la elección de la neurosis, hasta la elección entre psicosis y neurosis. No hubo elección porque esta ya estaba hecha en el nivel de lo que se presentó al sujeto, y que solo es localizable y perceptible en función de los tres términos que acabamos de intentar despejar”. La elección entre neurosis y psicosis no la comanda el yo: la estructura no puede separarse de las condiciones concretas en las que el sujeto recibe esas marcas, ni de la forma en que estas son posteriormente subjetivadas.
Luego, Gabriela Maidana, integrante del CID Santiago del Estero IOM3, realizó un aporte teórico a lo desarrollado por Mónica. Retoma el historial freudiano, el caso del Hombre de las Ratas, situando que permite seguir la evolución de las elaboraciones de Freud sobre la neurosis obsesiva. En sus primeras formulaciones, éste explica los síntomas a partir de la represión de deseos inconscientes incompatibles con la conciencia, especialmente la ambivalencia afectiva hacia el padre y la persona amada. Los pensamientos obsesivos, los rituales y las prohibiciones aparecen como formaciones de compromiso que expresan de manera disfrazada esos deseos reprimidos. El caso pone de relieve la importancia de la sexualidad infantil y de los conflictos pulsionales temprano, cuyas huellas permanecen activas en el inconsciente y pueden reactivarse en la vida adulta, dando lugar a la formación de síntomas. La fantasía del suplicio de las ratas no constituye el núcleo de la neurosis, sino el punto a partir del cual se ponen en movimiento conflictos inconscientes preexistentes, ligados a la culpa, la ambivalencia afectiva y la relación con la figura paterna. A la luz de las elaboraciones posteriores de Freud, especialmente en “El yo y el ello” e “Inhibición, síntoma y angustia”, el caso adquiere una nueva lectura. La angustia deja de concebirse como una consecuencia de la represión para entenderse como una señal de peligro para el yo, que pone en marcha mecanismos defensivos frente a las exigencias pulsionales y a la severidad del superyó. En este contexto, los síntomas obsesivos aparecen simultáneamente como defensa y como forma sustitutiva de satisfacción pulsional. Freud destaca mecanismos como la anulación retroactiva, el aislamiento y la regresión a la organización sádico-anal, que permiten comprender la presencia de la duda, la culpa, la necesidad de castigo, la agresividad y los rasgos característicos del carácter obsesivo. De este modo, el caso muestra cómo los conflictos infantiles, lejos de desaparecer, continúan ejerciendo sus efectos en la vida psíquica adulta.
Sobre esto, Mónica propone retomar los capítulos 3, 5 y 6 de “Inhibición, síntoma y angustia”. Al final del capítulo 5, destaca la referencia de Freud a un yo limitado, que se ve compelido a buscar tratamiento para sus síntomas. En este contexto, introduce el concepto de parálisis de la voluntad del yo, que se manifiesta en la dificultad o imposibilidad de tomar una decisión, algo muy frecuente en la neurosis obsesiva. En el capítulo 6, aborda el aislamiento característico de la neurosis obsesiva y las dificultades que este plantea para la asociación libre, cuestión que se actualiza en el propio dispositivo analítico. El aislamiento no se reduce a un rasgo de carácter, sino que se pone de manifiesto en el modo mismo de hablar del sujeto: relata sus pensamientos, pero estos no se encadenan asociativamente. El obsesivo permanece adherido a sus enunciados. El síntoma aparece en un primer momento como algo extraterritorial, en tanto formación del inconsciente; sin embargo, el yo intenta incorporarlo a la personalidad bajo la fórmula “yo soy así”. La pulsión, por su parte, no se detiene y encuentra una satisfacción sustitutiva. Finalmente, señala que los casos graves de neurosis obsesiva suelen someterse al tratamiento con menos frecuencia que las histéricas: asisten a análisis como última opción.
El historial de “El Hombre de las Ratas” invita a seguir investigando tanto el ocasionamiento de la consulta como el de la enfermedad. Se trata de dos momentos diferentes: mientras que la consulta se desencadena a partir de un relato, lo que va surgiendo a lo largo de las distintas sesiones permite localizar el momento en que se constituye el síntoma. Las alternativas y soluciones que el sujeto encuentra frente a aquello que le resulta insoportable, así como las coordenadas que se ponen en juego en la consulta, contribuyen a precisar qué adquiere valor traumático para cada quien. En este historial, aquello que desencadena el delirio se encuentra en relación con la deuda, aunque los síntomas se remontan a la infancia. Esto introduce una distinción entre realidad y verdad: una cosa es la realidad de los hechos y otra la verdad del inconsciente. Así, aunque el padre ha muerto, el sujeto continúa temiendo que pueda sucederle algo. La voluntad eterna del padre sigue operando en su inconsciente como si se tratara de una presencia actual.
La docente retoma la cuestión de las asociaciones extrínsecas presentes en el historial y las pone en relación con las soluciones que el sujeto encuentra frente a aquello que le resulta insoportable. En este punto, ubica el actuar obsesivo y la manía de la duda, caracterizada por la imposibilidad de poner un límite al pensamiento. A partir del significante “rata”, Freud sigue una serie de asociaciones que permiten reconstruir la lógica propia del caso. Tal como señala en la página 167, el relato del castigo de las ratas reavivó un erotismo anal que había ocupado un lugar preponderante durante la infancia. Freud se sirve entonces de las resonancias de la lengua alemana para desplegar la cadena asociativa: “Ratten” significa “ratas”, mientras que “Raten” remite a “cuotas”, introduciendo así una articulación con el dinero y la deuda. De este modo, el análisis permite seguir el recorrido de los significantes y precisar las coordenadas singulares del síntoma. En este sentido, la docente subraya que, en el curso de un análisis, no basta con que el paciente adquiera el coraje necesario para hablar; también es preciso poder discernir qué dice en aquello que enuncia.
Finalmente, la docente hace referencia al Seminario 10, La angustia, y a las clases que Lacan dedica a la neurosis obsesiva. A partir del pasaje citado, subraya que el trabajo analítico no parte del síntoma ya constituido en su forma clásica, sino del reconocimiento de su funcionamiento por parte del sujeto. En este sentido, el síntoma solo queda verdaderamente constituido cuando el sujeto puede advertirlo como tal. Lacan destaca que existen formas de comportamiento obsesivo que aún no han alcanzado ese estatuto, en la medida en que el sujeto no las ha reconocido ni formulado como síntomas.
A partir de ello, la docente retoma la cuestión de aquello que permanece no asimilado en el síntoma. Para que este salga de su condición de enigma no formulado, resulta necesario que el sujeto pueda tomar distancia de identificaciones cristalizadas, condensadas en expresiones como “yo soy así”. Solo entonces el síntoma puede convertirse en objeto de interrogación y de trabajo analítico. En esta misma línea, recuerda una formulación de Freud en “Pulsiones y destinos de pulsión” (1915), donde señala que el carácter forma parte de los destinos de la pulsión, cuestión que permite pensar las modalidades por las cuales determinados modos de satisfacción terminan incorporándose a la personalidad del sujeto.
Al finalizar la clase, Daniela Lescano Dib, integrante del CID Santiago del Estero IOM3, presentó un caso clínico, el cual fue comentado por Mónica. El público participó con preguntas, comentarios, aportes.
Reseña a cargo del área de libería.
Referencias bibliográficas
Freud, S. (201). A propósito de un caso de neurosis obsesiva (el «Hombre de las Ratas») [1909]. Amorrortu Editores.
Freud, S. (1986). Inhibición, síntoma y angustia [1926]. En Obras completas (Vol. 20). Amorrortu Editores.
Lacan, J. (1994). El seminario: Libro 4. La relación de objeto [1956-1957]. Ediciones Paidós.
Lacan, J. (2006). El seminario: Libro 10. La angustia [1962-1963]. Ediciones Paidós.
Lacan, J. (2008). El seminario: Libro 16. De un Otro al otro [1968-1969]. Ediciones Paidós
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